Un relato sobre la empatía

Un relato sobre la empatía

Este relato es nuestra experiencia al volver de Bangkok a España el 25-26 de Marzo 2020 debido a la crisis del coronavirus. Está escrito como un monólogo interno, es una puerta a nuestra mente, sin muchos filtros. Aunque el virus es importante en el relato, el protagonista no es otro que la empatía.

Comienza la batalla

Te despiertas pronto, antes de que suene la alarma. Sabes perfectamente qué día es hoy: hoy te enfrentas en cierta manera al coronavirus.

No estás contagiado, o eso crees, pero vas a tener que pelear contra sus consecuencias: es preferible pensar que todo y todos están infectados, no hay nadie en las calles y cualquier transporte que se te ocurra tiene cancelaciones.

Recoges todo, te echas la mochila a la espalda, cierras la puerta del hostal y empieza la aventura, no hay vuelta atrás.
Te pones la mascarilla, no sabes ni cómo sentirte, es como una película pero no parece divertida.

Hablas con el dueño del hostal. Apenas tiene clientes, se han cancelado todas las reservas que tenía por delante y, para colmo de males, es italiano: sus padres son muy mayores y no sabe si volverá a verlos.
Es duro y te sientes mal porque no hay nada, ni una sola palabra de aliento que puedas darle.

Con el corazón encogido y volviendo a pensar que has subestimado a tu enemigo, sales a coger un songthaew, un transporte local a la estación de autobuses.
El songthaew va vacío, sólo nos lleva a nosotros, algo sin precedentes en una ciudad como Pattaya en temporada alta.

Aun así, se ven algunas personas, todos turistas y muy relajados, en la playa. Te acuerdas del italiano y da rabia.

Llegas a la estación de autobuses a las 11:00, sabiendo que sale uno cada hora, pero ¡sorpresa! este no era un viaje divertido, sabíamos que no iba a ser fácil y, al preguntar, te dicen que el siguiente es a las 17:00 ¿cómo? Exacto, eso preguntamos nosotros y cada una de las personas que entró en la oficina en las horas que estuvimos esperando allí.

En ese tiempo ves muchas reacciones, te llevas un pedacito de la vida de cada uno. Por desgracia, no son las partes más alegres ni su mejor versión.

También da tiempo a pensar lo colapsado que está el sistema de transportes, las ciudades. Ves en primera persona con tu propia experiencia y lo que te llega de otros viajeros por Asia, que todo el continente, al unísono, está cerrando sus puertas y tú corres hacia ellas, sin tener muy claro si podrás salir justo a tiempo sin perder el sombrero a lo Indiana Jones o seremos más bien esos personajes secundarios que se quedan al otro lado, aporreando un muro inamovible sin ninguna esperanza.

Y no es una sola puerta, hay muchas puertas que cruzar, porque mientras esperas al autobús, no sabes nada, ni siquiera del primer vuelo que tienes que coger. Quizás lo han cancelado, aún no lo sabes porque no tienes internet, y tendrás que unirte a tantos otros que están abandonados en el aeropuerto, entre la indignación y la desesperación.

La embajada no para de repetir que todo el mundo salga del país urgentemente, lo que no dicen es cómo hacerlo si te cancelan el vuelo y los pocos que hay tienen precios desorbitados, hasta 6 veces el precio de un billete ya caro de por sí.
Quizás estén esperando a que la desesperación supere a la indignación y te resignes a pagar un precio que no está justificado en esta situación que nos toca vivir a todos.

Entonces piensas en lo mezquinos que podemos ser a veces

Te hace gracia que alguno se queje de que por culpa de esto ha perdido un maravilloso viaje de 3 meses planificado durante más de medio año. Durante un par de segundos te hace gracia porque piensas que eso no es nada, que tú has perdido un viaje de más de 18 meses planificado durante aún más tiempo.

Pero sólo te hace gracia unos segundos, porque es lo que tardas en darte cuenta de la magnitud de la crisis. De que te estás quejando de una tontería cuando tantas personas lo que están perdiendo no es una oportunidad de disfrutar de la vida, si no que están perdiendo directamente la vida.

Ahí deja de preocuparte tanto el esperar un poco para volver a tu país, aún con todas las complicaciones que tienes por delante.
Te acomodas un poco la mascarilla con cuidado y piensas en todo lo que has tocado o has dejado de tocar, en si se te van a caer las manos de lavártelas y echarte alcohol.

No sólo por ti, si no por "todos tus compañeros", porque esto es un juego de equipo y el bando rival puede parecer pequeño pero es fuerte si se lo permitimos.
Como ha dicho uno de nuestros referentes, mejor extremar medidas y parecer un paranoico a tomárselo a la ligera y que la consecuencia sea tu muerte o la de otro.
Parece exagerado, pero es así.

Seguimos esperando al autobús en mitad del caos más absoluto. Vemos personas de todas las nacionalidades entrar en la oficina, a cada cual con más prisas y estresada que la anterior. Todos van al mismo lado y ninguno puede llegar. La alternativa es un taxista que aprovecha la situación para exigir un precio que debería darle vergüenza pedir.
Al final es difícil saber si te sientes peor por el turista que quería relajarse un par de semanas y está sufriendo más que en la oficina de la que huía o por las pobres trabajadoras tailandesas de la oficina. Ninguna de ellas tiene culpa de que todos los autobuses estén llenos o cancelados y en cambio están exponiéndose ante personas con una alta probabilidad de estar contagiadas, muy enfadadas, gritándoles a apenas 1 metro.
Ninguno se merece tener que pasar por esta experiencia pero ahora mismo no hay tiempo para pensar en eso.

Tailandia siempre significa un poco de caos. Una vez te adaptas es curioso, hasta divertido, pero todo cambia cuando estás esperando con la tensión de si todo te irá bien, en una estación muy caótica, donde si tienes suerte te cuelan en un autobús más temprano. Ahí no quieres nada de caos y todo te saca un poco de tus casillas.

Por suerte, el caos nos benefició ese día y a las 15:00, después de demasiado tiempo pensando, subimos a un autobús hacia el aeropuerto internacional de Bangkok.

Qué facilidad tenemos para pasar en un segundo de odiar algo a adorarlo, según cómo nos haya afectado.

Y es que el caos y la incertidumbre, no son malos de por sí, no deberíamos evitarlos por sistema, es mejor aprovechar sus beneficios, siempre y cuando aceptes sus posibles consecuencias.

En cualquier caso ¿por qué no le damos importancia a algo hasta que nos afecta a nosotros mismos o alguien cercano? Quizás es uno de los efectos negativos de la globalización: estamos acostumbrados a ver desgracias por la televisión pero como está pasando tan lejos... puedes cambiar de canal y seguir con tu vida.

Esa falta de empatía, esa desconexión de los problemas que creemos lejanos, es uno de los puntos débiles que el coronavirus ha explotado al máximo y nos ha dejado contra las cuerdas.

Si no, a ver cómo te explicas que haya más de un inconsciente saliendo a la calle para cualquier payasada sólo porque piensa que está a salvo, cuando no es verdad. Ya ni hablemos de los más débiles, los más perjudicados y a los que a algunos no les importa poner en peligro.

¿Qué mala suerte, no?

Nos acercamos al aeropuerto. Estamos deseando llegar, entre otros motivos, porque así tendremos otra cosa que hacer que no sea pensar.

Durante el día, si hay algún momento en el que no estás pensando si llegarás a casa, es probable que estés pensando en que justo tenía que pasar esta crisis este año.

En los últimos 50 años no ha habido ninguna crisis global de esta magnitud, mucho menos en los 30 años que tenemos nosotros, y oye de todos los momentos en los que podía pasar, ha pasado justo en el que ahora mismo consideramos el más importante para nosotros.

¿Qué mala suerte no? Alguno caerá en la trampa de pensar que "ya nos tocaba algo de mala suerte" (esperamos que no sea tu caso) porque nosotros mismos solemos decir que somos, o al menos nos sentimos, unos afortunados.

Pero es irónico, si nos sentimos así es precisamente por todo lo contrario: ¿cuándo hemos tenido suerte nosotros?
Repasando nuestra vida, es cierto que hemos disfrutado de cada paso que hemos dado, pero la realidad es que cada uno de ellos ha estado precedido por algo negativo, un obstáculo que se nos cruzó y nos vimos obligados, no sin antes quejarnos un poco, a superarlo.

Así que, querida suerte, si hemos llegado hasta aquí sin ti, apártate porque vamos a seguir nuestro camino también sin ti.

Eso plantea otra pregunta: si hemos llegado hasta aquí por culpa de los obstáculos que tuvimos que superar, ¿sería justo considerarlos mala suerte?
Con un poco más de buena suerte, es probable que no tuviéramos la fortaleza para habernos atrevido, por ejemplo, con Párate a Vivir.

Piénsalo así, quién es más fuerte ¿el que entrena cada día en un cuadrilátero de boxeo para derrotar a sus rivales o el que no le queda otra para sobrevivir en su barrio que a guantazo limpio?
Lo ideal sería tener la habilidad del primero y la experiencia del segundo.

Es una metáfora algo violenta, pero lo importante del ejemplo es que lo más difícil de adquirir es la experiencia del segundo y esa mala suerte no es fácil buscarla, es algo que por desgracia, te ocurre sin más.
Y de todas las experiencias de la vida, aprender a superar problemas inesperados y que consideras injustos parece ser lo más útil a la larga.

Así que, antes de seguir, te deseamos un poquito de mala suerte en la vida, no te lo tomes a mal.

Que claro, tampoco puedes tener muy mala suerte o al menos es más difícil, si toda tu vida está medida y controlada, si evitas la incertidumbre.
La idea al final, siempre es la misma: abraza, acepta la incertidumbre y al final te alegrarás de ello, la buscarás y te harás menos frágil, quizás... ¿antifrágil?

Esa idea mejor la dejamos para otro día porque son las 17:00 y estamos llegando al aeropuerto. A ver qué nos encontramos. ¿Subiremos a nuestro vuelo? ¿O la aventura va a ser más larga de lo que ya hemos asumido?

Miradas en el aeropuerto

Nada más cruzar el umbral, nos controlan la temperatura y nos ponen una pegatina verde bien visible. Parece que hemos pasado el corte. Durante un instante en el que ella veía el resultado en el termómetro y nosotros no, estábamos en sus manos, ella decidía si éramos uno más del rebaño o un señalado. Sientes miedo al pensar en lo que eso podría significar, si te tendrían que hacer una revisión médica o simplemente no podías entrar en el aeropuerto y te tenías que buscar la vida. Otra puerta que hemos cruzado antes de que se cierre.

Estamos dentro del aeropuerto, otra batalla ganada y todavía tan lejos de conseguir nada.

La primera sensación nada más echar un vistazo es como de volver a la casilla de salida, como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez que estuvimos aquí cuando empezamos nuestra vuelta al mundo. Y sin embargo han cambiado tantas cosas en estos 3 meses...

Y no sólo para nosotros, ahora el mundo parece otro distinto, es como si nunca lo hubiéramos conocido.
¿Qué aprenderemos de este nuevo mundo? Porque no hay mal que por bien no venga y algo bueno se podrá sacar. El cambio asusta, sí, pero es bueno.

Empiezas a caminar por el aeropuerto buscando tu camino y te ves rodeado de personas con mascarillas o incluso trajes de cuerpo entero y filtro de aire que sólo has visto en películas sobre epidemias zombis. Ves a todo el mundo manteniendo las distancias y separados por un asiento vacío entre ellos.
Y miradas, muchas miradas. Duele aún más cuando antes, al cruzarte con un niño gracioso, las miradas eran de alegría, a todos nos saca una sonrisa sincera ver a un niño feliz. Ahora ves a un niño en un aeropuerto y sientes pánico porque no tiene una mascarilla y sus juegos te asustan de sólo imaginar que se caiga al suelo ahí en medio o toque algo.

Todo el mundo desconfía de los demás y, a la vez, acepta que sean desconfiados con ellos. Es como si hubiera un traidor entre nosotros escondido.
La gracia del juego es que podría ser cualquiera, o todos, o ninguno, o sólo tú.

¿Debería alejarme un poco de ese señor? ¿Se molestará si me aparto de él?

¿No está esa mujer hablando mucho y muy cerca de mí?

¿Pero por qué van esos dos sin mascarilla?

¿Quizás estoy exagerando yo? ¿O he estado o estoy cerca de un posible contagio? ¿O de contagiar yo a alguien?

Lo más cruel es que los resultados del juego sólo se revelan unos días después y en este juego nadie se va a poder proclamar ganador.

Ahora nos toca esperar en el aeropuerto un par de horas más, sorpresa.

Vas al baño, te asustas, y el "te" es literal porque lo que te ha asustado has sido tú. Ya no te acordabas de la mascarilla que llevas puesta, ni de los guantes de látex en tus manos. Entonces te miras a los ojos y ves que eres uno más en esta pesadilla, ya no eres un espectador, ahora te toca jugar a ti.

Parece una película una vez más y sigue sin serlo, pero ocurre de todas maneras: un hombre joven y con buen aspecto se desmaya. Su pareja en un estado de shock histérico grita todo lo que puede pidiendo ayuda.

Duele ver cómo nadie se acerca, por el mismo motivo que tú no lo haces. Ocurren muchas miradas en ese momento, todas de preocupación y miedo. Es difícil saber cuáles son por el hombre o si son más bien por ellos mismos o sus familiares.

Los gritos de la mujer no son por la urgencia médica en sí, el hombre por suerte está bien, es de pura desesperación. Lo poco que se le entendió es que cómo pueden permitir ésta situación, que están encerrados en el aeropuerto.

Te haces muchas preguntas en ese momento. Quieres acercarte pero sabes que no debes, no podríamos ayudar, ya vienen médicos del hospital y sólo podríamos empeorar la situación con un contagio extra.

Porque... ¿se ha desmayado sin más o le ha faltado el aire por el coronavirus?

¿Hemos visto un caso de COVID19 a apenas 10 metros nuestra?

Hay cosas que es mejor no saber.

Nuestro vuelo sigue ahí, sin el cartelito de cancelado. Sólo puedes esperar y escribir esto para pensar sólo en lo que ha ocurrido, mucho mejor que centrarse en lo que podría ocurrir.

Por fortuna o buenas decisiones, hay que ser agradecidos

Te calmas un poco cuando, entre la montaña de vuelos cancelados, recuerdas que en el tuyo no pone nada malo.

Te calmas un poco más cuando consigues facturar, pasar el control de seguridad y sellar la salida del país en el pasaporte.
Eso quiere decir que legalmente ya estamos fuera de Tailandia, ahora lo peor sería tener que quedarnos en Moscú, nuestra escala, con ropa de verano.

Aprovechamos la espera para conectarnos al wifi y contestar todos los mensajes de amigos y familiares, llenos de amor ¡gracias a todos!
En esos momentos no dijimos nada a nadie de todo lo que relatamos aquí para no preocuparles más pero esos mensajes que te distraen de lo que tienes alrededor se agradecen mucho. Después nos enteramos que ellos también nos ocultaban algunas cosas para no preocuparnos más, es curioso.

Hoy sí hemos sido afortunados aunque sigamos pensando que ha sido pura casualidad y una buena decisión tomada a tiempo por una corazonada mañanera. Decidimos algo tarde salir del país y lo hemos podido hacer sin problemas. Al menos tuvimos la precaución de quedarnos cerca de Bangkok por si pasaba algo como lo que ha pasado.

Pero viendo la información que publica la embajada española en Tailandia, la perspectiva es aterradora para todo el que no se suba a este vuelo: es el último de esta aerolínea a Europa y, de las pocas que aún operan, apenas van a hacer uno o dos vuelos más este mes. En Abril se sabe ya que va a ser imposible volver a España. De hecho, Tailandia anunciaba apenas 24 horas después el estado de alerta, lo que terminaba de cerrar casi del todo las puertas que quedaban abiertas para las repatriaciones.

Nosotros podemos contar esta historia habiendo visto la acción, el peligro, muy de cerca, pero por fortuna lo hemos esquivado antes de que se cerrara el hueco. Pasamos a tiempo y recogimos el sombrero.

Por desgracia habrá otras historias menos agradables. No podemos más que estar agradecidos de la casualidad que hemos tenido al tomar la decisión de reservar este vuelo en concreto.

Aunque defendemos que toda experiencia, aunque negativa, siempre trae algún beneficio, ésta en concreto no se la deseamos a nadie, porque algo tan simple como coger un avión de vuelta a casa, por trágico que suene te puede costar la vida.

Pero ya que la hemos tenido que “disfrutar”, hay que decir que algo así te vuelve a demostrar lo pequeño que eres, te vuelve más humilde y te hace ser más consciente.
La próxima vez que haya una situación sanitaria mínimamente parecida, nos la tomaremos más enserio desde el primer momento.
Te das cuenta de lo desprotegido que estás en ciertas situaciones y más estando tan lejos de casa.

Si no estuviésemos en este vuelo, es probable que nos hubiésemos tenido que quedar en Tailandia hasta que todo esto pasase. A merced de lo que decida un gobierno extranjero, sin tener claro cuánto tiempo vas a estar abandonado en un sitio que no es tu casa, donde no te quieren; si el seguro médico contratado te va a cubrir en caso de contagio o de la situación que te encontrarás en los hospitales si tienes que acudir a uno.

Y eso es algo que tendrán que descubrir los que se tengan que quedar aquí. Esperamos que no sean muchos o, con suerte, ninguno.

El único motivo para desearle a otra persona algo como lo que hemos vivido nosotros o tantos otros, es que así se acabarían los actos egoístas como reunirse o salir a la calle cuando no es necesario durante un estado de alerta.

Si de alguna manera te identificas con lo que decimos, no te sientas atacado, no queremos señalarte para que reconozcas que te has equivocado, eso al final no sirve para nada, sólo para aumentar el ego del dedo que señala y no es lo que buscamos.
Sólo queremos aportar nuestro granito de arena, ayudar a concienciar a otros para que hagan lo correcto y superar esto juntos. Y es importante porque nosotros mismos ignoramos al principio las primeras advertencias y permanecimos en Asia pensando que esta crisis no era tan grave. Al hacerlo quizás hemos puesto a otros en peligro y no nos queda otra que aprender de nuestros errores.

Dudas constantes e interminables

Llaman por megafonía. No cancelan tu vuelo, al revés, avisan de que se abre el embarque, estás a salvo, por ahora.
Subes al avión y empiezas a ver un gran despliegue de protecciones: desde gafas que parecen de bucear hasta algo más parecido a un casco antidisturbios, culminado por el que vistes antes por la terminal que lleva el traje completo hermético con el que se podría entrar en Chernóbil.

Ahí empieza un vuelo de 10 horas donde te preguntas si ya has sido demasiado paranoico o has vuelto a pecar de ingenuo y tu mascarilla barata y guantes no son suficientes.
En ese momento vuelves a mirar a todo el mundo con desconfianza. Vas a estar atrapado con todos ellos.

¿Estará alguno contagiado? ¿Lo tendré tan cerca como para que me llegue y supere mis defensas?

Sólo una semana después lo sabremos.

¿Cómo hago para no tocar el pomo del baño?

A ver si el que va a contagiar voy a ser yo.

Son dudas constantes e interminables. No te relajas en ningún momento porque cuando te quieres dar cuenta has tocado algo que no deberías. Lávate las manos otra vez, échate alcohol.

Son horas en las que todo el mundo intenta actuar con naturalidad pero las miradas nos delatan. Al menos son miradas de complicidad, de miedo mutuo, más que de rechazo.

Una vez llegamos a nuestra escala en Moscú y cogemos el vuelo ahora sí para Madrid, todo es más distendido, nos decimos el uno al otro que "ya llegamos", y que hay menos variables que nos puedan complicar el regreso a casa.

Todos los que esperamos la conexión a España soltamos un poco la tensión contenida hasta entonces y nos permitimos alguna conversación cruzada entre desconocidos, como se ha hecho siempre entre españoles, pero manteniendo las distancias.

Este vuelo va medio vacío. Mientras que el vuelo desde Bangkok iba lleno de personas buscando salir de Asia, éste con dirección a España apenas va por la mitad. Sabemos que estamos saliendo de un problema para meternos en otro.

La llegada a Madrid te crea sentimientos encontrados. Es a la vez la emoción de tenerlo tan cerca y fácil en comparación con lo lejano que se veía todo desde Bangkok, pero también la desesperación es mayor, estás más cerca, sí, pero aún no has llegado y el cansancio se va acumulando. En nuestro caso ya llevábamos 30 horas de camino desde que salimos del hostal y aún nos quedaban unas cuantas para poder relajarnos, quitarnos los guantes, la mascarilla, toda la ropa contaminada y darnos una buena ducha. Las piernas se te hinchan de tantas horas en esos asientos tan estrechos del avión y te hacen daño hasta los calcetines.

Pero hay que seguir adelante, ya habrá tiempo para descansar durante la cuarentena, eso seguro. Cuando recargas pilas y sales a la zona de recogidas del aeropuerto, te encuentras con lo que ya sabías, pero eso no lo hace menos impactante: no hay nadie. Y no estamos hablando de nadie para recogerte a ti, ya sea un familiar, amigo o un taxista con un cartelito. Es literalmente NADIE.

Sólo hay unos pocos taxistas fuera, un autobús y los trabajadores básicos del aeropuerto. La mayor parte de la terminal está desierta. Te sientes como en una historia de ciencia ficción y has llegado tarde para la parte de caos absoluto, tú estás en la desolación posterior a lo Rick Grimes.

Ahora toca esperar el tren, ya sólo queda un poquito (o eso nos repetimos) para llegar a casa. Después de eso tendríamos que volver a vivir la desolación en otra ciudad, coger un autobús vacío, sólo para nosotros y otra persona y, desde ahí, un taxi porque nadie puede venir a recogernos.
Nadie puede porque no queríamos ni aunque pudieran, pero la realidad es que lo que llamábamos casa no era donde estaban nuestros padres esperándonos con los brazos abiertos, íbamos a una casa donde no había nadie ahora mismo, donde hacer (o continuar más bien) nuestra propia cuarentena y asegurarnos de que no contagiábamos a ninguna persona, mucho menos a un ser querido.

En total fueron 39 horas desde que salimos de un hostal en Pattaya hasta nuestra casa. Demasiado tiempo para pensar. Demasiadas esperas interminables.

Ya en el autobús, con la miel en los labios y con la seguridad, ahora sí, de que vas a llegar, vuelves a pensar en lo que son las cosas y lo que podrían haber sido. Y es que hemos cogido el último vuelo del Bangkok a España de esa aerolínea. Había otras aerolíneas aun operando, es cierto, pero todo era más complicado y un día después, nada estaba asegurado y se confirmó lo peor: dejaba de haber autobuses al aeropuerto, la mayoría de aerolíneas cortaban sus vuelos y las fronteras se cerraban. Todo se empezaba a derrumbar a nuestras espaldas.

Y volvemos a la empatía

Pone los pelos de punta pensar en lo diferente que podría haber sido esta historia y lo cerca que hemos estado de vivirla.
Que haya sido todo tan fácil para nosotros y haya acabado bien no quita en lo grave que es la situación y la obviedad (no tan obvia para algunos todavía) de que hay que tomárselo con seriedad.

Si no es por tu salud, hazlo por la de tantos otros que, aunque no te lo digan, están temblando de miedo ante todo esto.
El hecho de que tú te des un paseo porque estás aburrido en casa podría significar la muerte de otra persona ahora mismo. Que no la mates tú directamente, no te hará menos culpable.

No esperes a que alguien a quien quieres se contagie para empezar a actuar con responsabilidad.

Con un poco de suerte, esto servirá para que todos tengamos un poco más de empatía.
No sólo para superar el coronavirus, si no también para ayudarnos más unos a otros en la vida y dejar de pisotearnos cada día.

Muchas veces ocurre que alguien necesita alguna ayuda y no se la ofrecemos porque de alguna manera consideramos que vamos a perder el tiempo, que no vamos a ganar nada con ello, que ya le ayudará otro, incluso puede que te de vergüenza cuando es en un sitio público, no tenemos tiempo o ganas...
En resumen, que nos va a suponer algún tipo de sacrificio que no nos beneficia.

Pero al final, si lo piensas, es justo lo contrario.

Cuando ayudas a alguien, nunca está muy claro qué va a ocurrir pero sueles llevarte un beneficio que salvo contadas excepciones, es lo que todos buscamos en la vida: ser feliz.

Así sin más. Cuando ayudas a alguien, te sientes bien contigo mismo, quizás ves la cara de alivio o con suerte hasta una sonrisa en esa persona que estaba pasando un mal rato. Hay pocas cosas más reconfortantes.

No en vano, Maslow explicaba todo esto en su pirámide, tan de moda en los últimos años, ahora que empezamos a buscar más la verdadera felicidad y no sólo la comodidad.
Te recomendamos que leas un poco sobre esta pirámide pero en pocas palabras, lo que queríamos destacar de ella ahora es que, cuando una persona tiene sus necesidades cubiertas, comodidad en todos los aspectos de su vida, incluso se puede permitir algún que otro lujo, lo único que llena a una persona y la hace feliz no es otra cosa que la autorrealización.

Y pocas cosas hay (¿quizás ninguna?) que te hagan sentir más realizado que ayudar a otros, sentir que eres útil para otras personas. Un agradecimiento sincero, de todo corazón, es impagable.

Aplicado a la crisis del coronavirus, no es mucho lo que se pide de todo aquel que no tenga una labor de vital importancia durante el estado de alarma. Es simple y llanamente que no des problemas para no molestar o darles más trabajo a los que sí tienen que trabajar y arriesgar su salud por los demás. Y no dar problemas ahora mismo es actuar con sentido común y quedarte en casa si no es imprescindible que salgas a la calle.

Si lo piensas, cuanto más salgas a la calle porque no aguantas el confinamiento, más tiempo estarás confinado porque seguirá habiendo contagios.
Es un esfuerzo que todos podemos hacer, qué hay más fácil que no hacer nada, o expresado de otra manera, se resumen en este dicho: Ante el defecto de no ayudar, la virtud de no molestar.

Y las gracias te las damos, de todo corazón, todas las personas con las que te cruzarás por la calle cuando todo esto acabe.

Así que, por favor, quédate en casa. Por ti o por los demás, elige tu motivación, pero quédate en casa.

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