Sal de ahí

Sal de ahí

En la otra punta del mundo, lejos de todo y de casi todos…

Un viaje largo en autobús y un tiempo acumulado ya fuera de casa se mezclaron con unos conductores no muy hospitalarios, por decirlo de una manera suave. Esa mezcla creó una reacción en nosotros, algo que nos hizo pararnos a pensar un buen rato.
Quizá nos afectó más por el contraste de venir de Laos y Tailandia, donde la gente es tan alegre que no le importa ir regalando sonrisas y ayudarte en todo.

No te vamos a mentir, sólo llevábamos fuera de casa unos dos meses, pero el tiempo es tan traicionero que aunque pase volando, es muy lento según en qué te fijes. El viaje de autobús era un camino de 24 horas, así como suena, un día entero en un autobús en el que no eres bien recibido.
El trayecto: de Luang Prabang (Laos) a Hanói (Vietnam).

¿Hemos mencionado ya que en un autobús que tarda 24 horas en llegar a su destino no había cuarto de baño?
Los conductores hacían las paradas que les parecían oportunas y nada más parar, amenazaban diciendo que en dos minutos se iban. Algunas veces incluso bajaban ellos sin avisarnos para continuar la ruta sin más.
¡Y ni se te ocurra bajar corriendo! Porque te empujaban para que volvieras a tu sitio. Otras veces cuando algún pasajero pedía bajar, harto de la larga espera para poder ir al baño, se negaban a parar.

Y cuando por fin conseguíamos bajar era toda una odisea. Imagínate la situación: estás en medio de la nada, intentando hacer tus necesidades mientras tu autobús empieza a arrancar sin importar si ya ha subido todo el mundo o no.
A duras penas te daba tiempo ni de estirar algo las piernas y subirte los pantalones y ya tenías que volver, a no ser que quisieras quedarte ahí, de noche en algún lugar de la nada, sólo terreno sin nadie a la vista.

Esos momentos

Entonces te subes a regañadientes al autobús, deseando que pasen las horas y llegues a tu destino sano y salvo sin ser abandonado.
Entre bache y bache, miras por la ventana e intentas cambiar de postura. En esos momentos te acuerdas de tu familia, de tus amigos, de tu casa… y piensas “qué estaré haciendo yo aquí, en la otra punta del mundo, con lo bien que podría estar junto a ellos disfrutando de tantas cosas…”.

La verdad es que se te pasan muchas cosas por la cabeza: si merece la pena, si estás haciendo lo correcto, lo que significa estar tan lejos. Piensas en lo que te ha traído hasta allí, en lo que has dejado a millones de kilómetros, en la vida en general… Es difícil, por mucho que sea algo que tú mismo has elegido.

Te sientes pequeño y maldices un poco ese deseo tuyo de conocer mundo mientras el autobús sigue cogiendo bache tras bache y tú ya no encuentras una postura cómoda en la que ponerte. Suena raro decirlo así, pero en esos momentos piensas que hubiese sido mejor no perseguir lo que te hace feliz.

Porque sí, los momentos malos son apenas el 1% de la aventura, después te olvidas de estas cosas pero durante esos momentos no sólo valoras el peso de las malas experiencias, sino también el esfuerzo, dedicación y sacrificio que supone conseguir las buenas.
Cuando el cansancio te puede, ninguna recompensa justifica lo que implica alcanzar tus metas, piensas que quizás estás apuntando demasiado alto, que si sólo unos pocos pueden hacerlo ¿quién eres tú para creer que puedes estar entre ellos?

En ese momento es complicado saber si estás siendo desconfiado o miedoso y te estás infravalorando, cuando tú puedes con eso y más, o si es todo lo contrario y en realidad la situación te supera y tu valentía no era otra cosa que prepotencia y una ambición desmedida que no puedes cumplir.

Pero una vez pasado el mal rato...

Ahí está otra vez esa luz al final del túnel. Es curioso, porque todas esas vivencias que vas acumulando, incluso las peores de ellas, como esta travesía, te hacen encontrarte y conocerte a ti mismo. Por este tipo de cosas es que pensamos que está en tu mano decidir cómo afrontar una situación.

Todos hemos pasado por momentos en los que pensamos que es mejor renunciar, tirar la toalla, darte por vencido y volver a recuperar todas las comodidades que has perdido. Sientes que te has equivocado, te arrepientes de haberte siquiera atrevido a intentarlo y empiezas a pensar que cuanto antes desistas, menos vas a perder.

Y ese momento de debilidad puede ser muy traicionero.

En nuestro caso, tuvimos la… suerte (¿?) de estar tan lejos de nuestra zona de confort, de casa, donde no es tan fácil rendirse.

Como recompensa, llegas al hostal, te das una ducha y amaneces en un país distinto, en una ciudad nueva y, cuando sales a la calle a descubrir qué te depara, ya te has olvidado de todo, has conseguido pasar ese momento de crisis.
Tú también te sientes distinto. Tu actitud ha cambiado y recuerdas ese placer que estaba escondido, esa chispa de la que te hablaremos después.

Quién lo iba a decir, con lo que echábamos de menos la comida española.
Y ahí estábamos, comiendo y disfrutando de unos manjares que sólo habíamos visto por televisión y estábamos deseando probar, esos que te hacen la boca agua un martes cualquiera por la noche estando en el sofá haciendo zapping.

Entonces te acuerdas del maldito autobús pero esta vez te ríes de esa experiencia, de lo que pensaste, ahora una anécdota más.

Piénsalo de esta manera: si te quedas al lado de tu zona de confort esperando a fracasar para volver a poner el pie dentro… la tentación siempre va a estar ahí. Porque la zona de confort es peligrosa y atrae con mucha fuerza pero si te alejas, serás más fuerte.

También es cierto que es importante que tengas un entorno en el que te sientas cómodo, es importante que tengas tu zona de confort por si en algún momento necesitas volver a ella, pero no olvides que es un arma de doble filo.

Lógicamente siempre habrá​ momentos de debilidad, momentos en los que te arrepientes hasta de haberte levantado de la cama.
Entonces es cuando debes recordar por qué haces lo que haces, qué te mueve, qué te motiva. Y si aun así, después de haberlo pensado de verdad y haberlo analizado, sigues pensando que no merece la pena, quizá sea el momento de encontrar algo diferente.

Ese será el momento de refugiarte en tu zona de confort para recargar pilas, centrarte y decidir qué hacer. Pero no para huir del mundo, al menos no eternamente. Por dos motivos: porque no puedes huir del mundo para siempre y porque en realidad, de quien estás intentando huir es de ti y eso es todavía más complicado.

¿Por qué viajar entonces?

¿Sabes una cosa? Una vez que te ha picado el gusanillo de viajar, no deja de aflorar en ti ese deseo de ver más, de salir, de conocer, de explorar este mundo tan maravilloso que tenemos y al que muchas veces no le prestamos la suficiente atención.

Y entonces ocurren cosas como esa chispa (¿recuerdas?) que se enciende en ti al ver la Torre Eiffel por primera vez, ese niño  en tu interior que se despierta cuando entras en Disneyland, ese cosquilleo en el estómago cuando te subes a un avión para comenzar tu vuelta al mundo, esa felicidad que sientes cuando ves las fotos pasados los años y te acuerdas de un viaje…

Esas son las cosas que cada día nos demuestran lo importante que es vivir de verdad. Porque estas son las cosas que vamos a recordar cuando pasen los años y no las series que nos hemos tragado cada tarde para desconectar el cerebro antes de que llegue otra vez el lunes para ir a trabajar y más de lo mismo.

Y cuando haces todas esas cosas (viajar, descubrir y vivir nuevas experiencias), sin que te des cuenta estás no sólo saliendo de tu zona de confort sin que te cueste mucho esfuerzo, sino que además la estás ampliando porque cuando vuelvas a ella, habrás sido capaz de hacer cosas nuevas, habrás superado obstáculos o simplemente habrás descubierto que quieres volver a hacer algo que te gustó mucho.

Porque viajar no es ir de un monumento a otro con la cámara al cuello.
Viajar es lo que tú quieras que sea: conocer sitios del mundo, conocer personas y culturas distintas, probar comidas exquisitas, descubrir otras formas de vivir y de ver la vida, salir de fiesta en otras discotecas o playas, salir a hacer tu deporte favorito en un entorno distinto, hacer deportes que en tu zona de confort no puedes, descubrir parajes naturales que te dejen con la boca abierta o simple y llanamente, alejarte de tu vida y no hacer nada, como sentarte a meditar en un templo budista cuando tú ni siquiera crees en esas cosas.

Viajar significa una cosa distinta para cada persona, no se puede reducir a hacerte un selfie delante de un edificio histórico.

Aunque irónicamente, signifique lo mismo para todos: salir de ahí, salir de tu zona de confort para que cuando vuelvas, la veas con otros ojos.

La verás más grande o, lo que es lo mismo, serás menos dependiente de ella.

Así, la próxima vez que tengas un momento de debilidad y quieras tirar todo por la borda y te sientas inútil por haber creído que eras capaz de lograr lo que te habías propuesto… sabrás que no es verdad, que tu refugio siempre está ahí para cuando lo necesites, sí, pero ​no va a solucionar tus problemas ni es la respuesta que necesitas, sólo estarás huyendo de ti.

Y huir de ti nunca es bueno. Lo único que conseguirás será perder tiempo porque en algún momento tendrás que recuperarte y volver a intentarlo o, en el peor de los casos, esconderte el resto de tu vida con un sentimiento de culpa que estrechará tu zona de confort cada vez más hasta dejarte sin su protección.

Si ocurre eso, te quedarás sin capacidad de reacción, esperando para siempre haciendo nada.

Quizás en los tiempos que corren ahora, con esta pandemia mundial del Covid-19 nos hayamos hecho un poco más conscientes de que nadie tiene la vida comprada. No vamos a vivir para siempre, no podemos esperar eternamente, y eso asusta.

Pero también nos da ese golpe de realidad que es a veces tan necesario.

Además es probable que te hayas dado cuenta de la importancia que tienen las pequeñas cosas, como salir a tomar algo con tus amigos, poder visitar a tu familia o simplemente pasear y sentir la brisa del mar.
Durante el confinamiento has tenido más tiempo, sí, pero tenerlo no lo es todo si no sabes usarlo. Quizá hayas descubierto que, en realidad, estar en casa viendo la tele más horas no te hace más feliz.

Cuanto más te escondas, más difícil te será encontrarte después.

Sal de tu zona de confort y vive

Esto nos recuerda aquel cuento de un hombre que se pasó toda su vida ahorrando pensando en lo que haría y lo bien que se lo iba a pasar después con la gran fortuna que había acumulado.

Pero entonces un visitante inesperado llegó: la Muerte le dijo que había llegado su hora.

El hombre se dio cuenta de que no había podido disfrutar un solo segundo de su fortuna, por lo que decidió hacer un trato con la Muerte: le daría la mitad de su fortuna a cambio de 10 años de vida.
Era un trato muy generoso e inteligente por su parte. Sabía que era mucho dinero lo que ofrecía, la Muerte no se podría negar y se había prometido gastarse la otra mitad que le quedaba en esos 10 años, disfrutando lo que le quedaba de vida al máximo.

La Muerte, sin inmutarse, no aceptó.

Entonces el hombre, ahora más asustado, le suplicó que le diera algún tiempo de vida, uno o dos años a cambio de tres cuartas partes de su fortuna.

Pero la Muerte, otra vez, le dijo que no, que debían marcharse en ese mismo instante.

Completamente desesperado, aquel hombre tan rico se arrodilló ante la Muerte y le prometió todas sus riquezas, al completo, si le daba sólo 24 horas para despedirse de sus seres queridos.

La Muerte, algo irritada, le dijo que no podía ser, su hora había llegado y sólo le concedió unos segundos.

El hombre aprovechó esos segundos como pudo y se fue con la Muerte, dejando detrás sólo un papel donde apenas había tenido tiempo de garabatear:

“No malgastes tu vida acumulando dinero. ¡Vive! Mi dinero no me sirvió para comprar ni una hora de vida”.


Sal de ahí, vive y haz que tu zona de confort sea un motivo para volar alto y sin miedo, sabiendo que tienes un refugio esperándote si lo necesitas, no una cárcel en la que esconderte.

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